Morena, el partido mayoritario en México, vive un momento crucial con un cambio en su dirigencia impulsado por la presidencia tras la crisis generada por la gestión de Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán. Con la mirada puesta en las elecciones de 2027, la formación busca superar las fracturas internas y recuperar la mística tras la salida de Andrés Manuel López Obrador.
Una escena reveladora ocurrió en Palacio Nacional cuando Alcalde mostró a la presidenta Claudia Sheinbaum mensajes sin respuesta de López Beltrán, evidenciando la ruptura entre los líderes del partido. La presidenta, inicialmente neutral, decidió intervenir en abril para reorganizar la cúpula y colocar en posiciones estratégicas a Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, cercanas colaboradoras que fortalecerán el control sobre candidaturas y alianzas.
La crisis interna se agudizó tras el escándalo del costoso viaje de López Beltrán a Japón en 2025, que dañó la imagen del partido y de su familia fundadora. Este episodio profundizó la división entre Alcalde y López Beltrán, quienes terminaron actuando por separado dentro del partido.
Ante la insostenible situación, el Consejo Nacional de Morena decidió que la dupla dirigente debía renunciar para evitar mayores daños antes del proceso electoral de 2027. Sheinbaum tomó la iniciativa y promovió la salida de Alcalde, mientras que López Beltrán mantiene su cargo pero considera retirarse temporalmente de la política.
La llegada de Montiel y Hernández responde a la necesidad de contar con liderazgos que hayan escalado políticamente desde abajo, alejados de dinastías, y con experiencia para manejar las complejas pugnas internas. Montiel, en particular, controla la Secretaría de Bienestar y el ejército de Servidores de la Nación, clave para la movilización electoral.
La crisis de Morena va más allá de su dirigencia: las bancadas legislativas no siempre apoyan la agenda presidencial, los gobernadores actúan con gran autonomía y existen desconfianzas internas. Además, algunos líderes han sido vinculados a actos de corrupción, lo que ha generado un desgaste que pone en riesgo el proyecto político de Sheinbaum.
Desde su fundación en 2014, Morena pasó de ser un movimiento político de masas a un partido dominante que ha ganado la presidencia y controla la mayoría de los estados y el Congreso. Sin embargo, su rápido crecimiento ha generado dificultades para su gobernanza interna y la consolidación institucional más allá de la figura de López Obrador.
El financiamiento público de Morena ha crecido exponencialmente en la última década, alcanzando récords históricos en 2024, lo que refleja su consolidación como fuerza política pero también aumenta la presión por transparencia y resultados.
Con estos cambios y ajustes internos, Morena busca recuperar la cohesión y fortalecer su estructura para enfrentar los retos electorales y políticos que se avecinan, adaptándose a los tiempos y al liderazgo de Claudia Sheinbaum.