En el bullicioso centro de Bogotá, entre recicladores y el ruido constante de la ciudad, existe un espacio que ofrece dignidad y protección a personas con adicciones. La sala de consumo supervisado del proyecto 'Cambie' se ha convertido en un refugio donde los usuarios encuentran un lugar sin juicios, cuidado profesional y apoyo humano.
Beatriz García, enfermera de la sala, explica que aquí no solo se supervisa el consumo para prevenir sobredosis, sino que se brinda un entorno seguro y limpio, muy distinto a los lugares hostiles donde antes consumían. El equipo está preparado para revertir emergencias; desde su apertura han atendido 15 sobredosis y distribuido más de 650 dosis de naloxona, salvando otras 18 vidas en la comunidad.
Además de la atención médica, el programa entrega jeringas estériles, material higiénico y realiza talleres sobre consumo de menor riesgo. Más de 60.000 jeringas han sido distribuidas y 18.000 recolectadas, reduciendo infecciones y contaminación en el espacio público.
“Aquí, el primer paso para sentirse humanos otra vez es cruzar una puerta que no juzga.”
Lorena, trabajadora par y usuaria, acompaña a los visitantes desde su experiencia personal, ofreciendo orientación y apoyo emocional. Para muchos, la sala es más que un lugar de consumo: es una familia, un espacio para ser escuchados y reconocidos como personas, no como su adicción.
Usuarios como Camila, que llegó tras una tragedia personal, y Álex, migrante venezolano, coinciden en que este lugar ofrece estabilidad, protección y un trato digno en medio de la discriminación que enfrentan afuera.
“No somos la droga que nos inyectamos, somos personas.”
Desde 2023, el programa ha superado los 3.000 usos y cuenta con más de 100 usuarios registrados. En febrero de 2026, se triplicó la demanda respecto al año anterior, reflejando la confianza construida y la necesidad urgente de espacios seguros.
El programa también enfrenta retos importantes: carece de financiación estatal y depende de cooperación internacional, lo que limita su expansión. Sin embargo, su impacto positivo se refleja en la reducción de prácticas riesgosas, la disminución de sobredosis y la mejora en la convivencia con la comunidad.
El equipo mantiene un diálogo constante con vecinos y realiza jornadas de recolección de jeringas para minimizar el impacto en el entorno. Esta relación ha construido confianza y ha evitado conflictos a pesar de los temores iniciales.
Beatriz García concluye que es indispensable reconocer esta realidad y ampliar este tipo de espacios en la ciudad para salvar vidas y ofrecer alternativas reales a la problemática del consumo de drogas.
En definitiva, la experiencia cotidiana en esta sala se mide en gestos sencillos: una conversación, una curación, un abrazo. Momentos que devuelven la humanidad a quienes llegan buscando no solo consumir, sino también ser escuchados y cuidados.