Política

Diente por diente: la odontología forense que identificó a 10 víctimas del Hércules C-130

De los 69 cuerpos del accidente del Hércules C-130, 59 fueron identificados por huellas dactilares. Los 10 restantes requirieron un minucioso trabajo de odontología forense, comparable a armar un rompecabezas, que permitió devolverles su nombre a las familias.

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Foto: La voz del país

De los 69 cuerpos que llegaron al Instituto Nacional de Medicina Legal tras la caída del avión Hércules C-130 hace cuatro meses, 59 fueron identificados por las huellas dactilares. Los diez restantes quedaron en manos del equipo de odontología forense, que tuvo que reconstruir esas identidades diente por diente, como un rompecabezas.

Una llamada que cambió el festivo

El 23 de marzo era lunes festivo. Germán Ayala estaba en su casa disfrutando del día libre, cuando empezaron a llegar las primeras noticias del accidente en Puerto Leguízamo, Putumayo, al sur del país. Las cifras cambiaban con cada actualización. “Que vean ocho, que vean diez” —recuerda— “Eso fue subiendo, hasta que en el Instituto nos dieron ya la información real, que eran 69 víctimas de este accidente”.

Entonces, con sus colegas empezaron a llamarse entre sí para organizar por teléfono los equipos que se necesitarían al día siguiente. Formaron cuatro parejas. Dos de esos odontólogos se quedarían afuera de la sala de necropsias, haciendo de enlace, recibiendo tanto la información que sus compañeros rescataban de los cuerpos como la que aportaban las familias de las víctimas. Ayala lleva 23 años trabajando en el Instituto y en ese tiempo ha pasado por distintos equipos. Hoy es odontólogo forense en el grupo de clínica forense. Esa trayectoria, dice, es lo que le permitió reconocer de inmediato la magnitud de lo que se venía esa noche de marzo, incluso antes de que se confirmara la cifra final de víctimas.

El protocolo de 'a cuatro manos'

Al día siguiente, bajo la luz blanca de los laboratorios, cada camilla se convirtió en una estación de trabajo, con su propio par de odontólogos, sus formatos en blanco y sus instrumentos ordenados. El protocolo que rige ese tipo de desastres es el que se conoce como de ‘a cuatro manos’ y exige que frente a cada cadáver una persona recopile la información mientras la otra la verifica al mismo tiempo. “Todo esto para reducir el error humano”, explica Ayala.

El trabajo mismo empieza con algo simple pero delicado, abrir la boca del cuerpo, con cuidado, y limpiar lo que va a examinarse. De ahí en adelante, uno de los dos dicta y el otro anota, diente por diente, qué tratamientos, qué alteraciones y qué modificaciones tiene cada pieza dental. Todo eso se consigna en un formato que usan la mayoría de instituciones forenses del país, una ficha comparable pieza por pieza contra la historia clínica odontológica que la persona tenía en vida.

El archivo clave de las Fuerzas Armadas

En Colombia, esa historia previa no siempre existe. Sin embargo, para este caso, las Fuerzas Armadas contaban con su propio sistema de sanidad, en el que se consignaron las historias clínicas odontológicas de cada uno de sus integrantes, guardadas desde mucho antes del accidente. Esos archivos eran lo que los odontólogos de enlace debían conseguir y cruzar con la información que se recogía adentro, en la sala de necropsias. Cuando es posible, ese cotejo se refuerza con radiografías, tomadas antes y después de la muerte, puestas una junto a la otra para comparar cada pieza. “Es como una huella dactilar”, dice Ayala.

24 horas continuas de trabajo

El trabajo se extendió 24 horas continuas, repartidas en dos días, con las parejas rotando en cada camilla hasta agotar los diez casos.

Fue un gran trabajo que concluimos con amor, que se concluyó al cien por ciento, y que ayudamos a las familias, que es lo más importante de nuestra misión.

Ayala ha vivido otros desastres masivos en sus 23 años en la entidad, como la avalancha de Mocoa y el accidente aéreo del Chapecoense, sucesos de una magnitud que, insiste, no hacen parte de la rutina del Instituto. De este caso puntual recuerda una escena pequeña, casi al margen del trabajo técnico. En medio de esas dos jornadas, mientras coordinaba con otros jefes, alguien entraba de vez en cuando a despejar el área de trabajo. “Hay que mirar la labor tan importante de cada uno de nosotros. El aseador, que muchas veces en los sitios no lo tienen en cuenta. Para nosotros fue tan fundamental que llegara y en ciertos momentos despejara nuestra área de trabajo para librarnos de esa carga mental”, recuerda.

La mayoría de los que llegaban a la mesa de odontología eran hombres jóvenes, algunos apenas empezando su vida. “Es un trabajo muy doloroso. Al final, a pesar de todo, fue un gran trabajo que concluimos con amor, que se concluyó al cien por ciento, y que ayudamos a las familias, que es lo más importante de nuestra misión”, puntualiza.

El resultado final: cuatro identificaciones directas

De los diez cuerpos que llegaron a manos de odontología, cuatro terminaron siendo identificados por ese camino. Los seis casos restantes pasaron a un tercer camino, que correspondía al laboratorio de genética, el último recurso cuando ni la huella ni el registro dental logran una respuesta.

La voz del país

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