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Diez años sin Prince: la vigencia de una rebeldía

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Foto: La voz del país

Más contenido Diez años sin Prince: la vigencia de una rebeldíaEl artista fallecido sigue siendo sinónimo de innovación musical: multinstrumentista y creador incansable, construyó una obra que rompió barreras.GENTEEl cantante y compositor estadounidense Prince en una imagen promocional de su disco 'Rave Un2 The Joy Fantastic' de noviembre de 1999. Foto: EFELink Amalia González Manjavacas - EFE REPORTAJESAGENCIA DE NOTICIAS17.04.2026 23:46 Actualizado: 17.04.2026 23:46 Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. Escuchar 00:0000:001X Comentar La url ha sido copiada en el portapapeles Para entender a Prince solo hace falta un par de audífonos y la disposición de aceptar que un hombre de poco más de metro sesenta, subido a unos tacones de infarto, fuera capaz de 'comerse' a cualquier banda de rock consagrada sin despeinarse. Prince no necesitaba que sus asesores le dijeran cómo actuar: él era el espectáculo, la empresa y el producto.Perfeccionista hasta la neurosis, fue una de las figuras más influyentes y enigmáticas de la música popular, con una carrera prolífica que se extendió por casi cuatro décadas. Su éxito trascendió fronteras, y sus excentricidades absorbieron su personalidad hasta convertirlo en recluso de su propio talento.Su vida fue un equilibrio casi imposible entre el exhibicionismo salvaje sobre el escenario y una reclusión voluntaria en su residencia de Paisley Park —que más bien parecía un búnker de alta seguridad—, donde se escondía quizá por un exceso de celo de su privacidad. Cuentan sus biografías que él necesitaba alejarse del mundo exterior para que este no contaminara su proceso creativo ni cuestionara su forma de vida. Mientras que el resto de las estrellas del pop de su época se rodeaban de productores de renombre para conseguir un sonido pulido de radio, él, que desde sus inicios en Minneapolis dejó claro que venía sin pedir permiso, prefería encerrarse solo en el estudio. Mientras tocaba un solo de guitarra que dejaba al público extasiado, Prince Rogers Nelson (1957-2016) dejaba en claro que él no era solo un músico; era un ser ajeno para el sistema, que decidió que las reglas de la industria estaban para romperse. Ya en sus primeros discos, como el que lleva su mismo nombre, Prince, o el directo Dirty Mind, él era la banda completa. Escuchando con atención Uptown se oye a un solo hombre grabando primero la batería, luego el bajo, después las guitarras y finalmente los sintetizadores. Ese “pulso único” se llamó “sonido Minneapolis” y consistía en un funk mecanizado pero con alma donde la precisión de las máquinas se encontraba con el trabajo en directo. Un genio autosuficiente“Prince componía más rápido de lo que cualquier banda podía aprenderse sus canciones”. Se dice que, en sus sesiones, los ingenieros de sonido trabajaban en turnos de ocho horas mientras él lo hacía durante veinte, saltando de un instrumento a otro sin descansar. “Podía grabar una batería perfecta en una sola toma, e inmediatamente después, tomar un bajo y clavar una línea que a cualquier bajista profesional le habría llevado días perfeccionar”. Esta urgencia creativa fue la que alimentó su leyenda, pero también la que empezó a levantar los muros de su aislamiento. El estudio dejó de ser un lugar de trabajo para convertirse en el único sitio donde el mundo exterior, con sus juicios y sus lentitudes, no podía entrar. Músico más allá del bajoEn 1984, Prince decidió que no necesitaba seguir la corriente y con esa idea llegó su gran revolución: When Doves Cry. En un género como el funk, donde el bajo es el motor y el corazón, él se lo arrancó de cuajo. El tema tenía dentro de su composición una caja de ritmos seca, sintetizador hipnótico y una guitarra que rugía como un animal herido. Funcionó. No necesitaba los graves para hacerte bailar; le bastaba con su instinto y una estructura muy sencilla. Esa producción demostró que Prince no seguía las tendencias, sino que las creaba desde el vacío.Así, en temas como Kiss, la guitarra rítmica acompañaba y funcionaba como una percusión más, encajando en los compases con una precisión que solo alguien que ha grabado todos los instrumentos por separado puede imaginar. Era un minimalista atrapado en un cuerpo de barroco, alguien que podía recargar su puesta en escena hasta el delirio pero que, en el estudio, sabía que menos era siempre más. Esa capacidad para la reinvención no se limitaba a lo técnico, era una filosofía de vida que le permitía saltar de la psicodelia al minimalismo crudo de Sign o’ the Times manteniendo a toda su audiencia contenta. La máscara púrpura Detrás de sus cortinas de terciopelo, la realidad era mucho más compleja. Prince era un perfeccionista maniático en las partituras; sí, lo era para sí mismo. Pero también en la vida de quienes lo rodeaban. Su necesidad de control absoluto se extendía a lo personal con una intensidad que rozaba lo asfixiante. Con sus parejas y colaboradoras solía ejercer un gran poder: qué ropa debían vestir, qué podían decir en las entrevistas, etcétera. Un ejemplo de este magnetismo controlador fue su relación con Susannah Melvoin, a quien Prince intentó aislar de su entorno. Cuentan sus biógrafos que esa conducta era fruto de la inseguridad profunda que lo perseguía desde niño, cuando fue expulsado de su casa muy joven. Después de eso nunca volvió a confiar en que alguien se quedara a su lado sin condiciones. Esa fragilidad se acentuó con la muerte en 1996 de su hijo, Amiir, a la semana de vida. Pero Prince hizo lo que mejor sabía hacer: tocar. Pocas horas después de la tragedia apareció en un programa fingiendo que todo iba bien. Aquel desdoble entre el dolor desgarrador y la máscara pública de estrella invulnerable definía al verdadero Prince. De músico a religiosoEn 2001 todo cambió cuando se convirtió en testigo de Jehová. Bajo la tutela de Larry Graham, Prince abrazó la fe con la misma intensidad con la que grababa música. De repente, el genio púrpura se convirtió un tipo que asistía a las reuniones en el Salón del Reino y que llamaba a los timbres de sus vecinos para repartir folletos de La Atalaya. Esta nueva vida trajo consigo una censura en Paisley Park: dejó de interpretar sus temas más lascivos, reescribiendo letras enteras para que encajaran con su nueva moralidad. Para él, su pasado era una piel vieja de la que se había despojado. Se tomaba tan en serio su neutralidad que dejó de votar y de celebrar su propio cumpleaños, alegando que solo importaba el presente de su fe. El video prohibidoEncerrado en su mansión de Minnesota, acumuló miles de canciones inéditas en La Bóveda, fruto de una obsesión creativa que lo llevaba a grabar a diario. Ese archivo inmenso contrasta con un documental de nueve horas que explora su lado más íntimo y controvertido, pero permanece inédito por decisión de sus herederos. Mientras estos buscan proteger el mito, queda en tensión la historia completa de un artista marcado por el genio y sus propias contradicciones.La carrera prolífica y exitosa de Prince se extendió por casi cuatro décadas. Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. Compartir Guardar Ingrese o regístrese acá para guardar los artículos en su zona de usuario y leerlos cuando quiera Reportar Resumen Cerrar Este resumen fue construido con ayuda de IA. 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