Seguridad

La promesa a su padre que la llevó a desafiar la muerte en Tumaco

Yessica Espinosa, desminadora del Consejo Danés para Refugiados, trabaja en Tumaco (Nariño) para liberar de minas antipersonal los territorios más golpeados por el conflicto. Su historia es un ejemplo de resiliencia y servicio.

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Foto: La voz del país

Rozar la muerte cada día fue la promesa que Yessica Espinosa le hizo a su padre Marco antes de que falleciera. No es una metáfora: esta mujer de 28 años, oriunda de Algeciras (Huila), trabaja con el Consejo Danés para Refugiados (CDR) en el despeje de minas antipersonal en Tumaco (Nariño), el municipio con más víctimas por estos artefactos explosivos en Colombia.

“Esa promesa es seguir sirviendo a la comunidad”, aseveró Yessica entre risas nerviosas, lágrimas y el recuerdo del 29 de abril de 2025, cuando su padre falleció. Desde entonces, su labor se ha convertido en un legado de servicio y valentía.

Un camino marcado por el conflicto

Yessica, de largo cabello castaño y ondulado, piel blanca y voz suave, lleva nueve años en el desminado humanitario. Hoy se desempeña como paramédica y en Educación en el Riesgo de Minas (ERM), pero también sabe despejar y neutralizar los explosivos que la guerra esconde entre la vegetación y la tierra.

Cuando en 2017 decidió formarse como desminadora, muchos le decían: “¡Estás loca! ¿Qué te pasa? Eso es para hombres”. Sin embargo, su padre siempre la alentó: “No les pongas cuidado, sigue en lo tuyo y ve por tus sueños”.

  • El desminado humanitario ha dejado en Colombia un histórico de 12.658 víctimas por minas antipersonal, según la Acción Integral Contra Minas Antipersonal (AICMA).
  • En 2025, 136 personas fueron afectadas por estos artefactos; uno de cada cinco casos fallece y el 80% de los sobrevivientes quedan con heridas severas.
  • Algeciras, su tierra natal, ha sido un territorio disputado por grupos armados desde los años 60, con presencia de las extintas Farc y ahora de disidencias.

El primer hallazgo: un momento que marcó su vida

Hace nueve años, en su primera hora de turno, el detector de metales pitó en el carril que Yessica estaba despejando. Al excavar 13 centímetros, encontró una mina redonda, negra, envuelta en cintas y con baterías. Sus manos temblaban entre el miedo y la satisfacción. Era la primera mina que hallaba en su carrera.

“Mi gran sueño era ser parte de la Policía Nacional, pero era inalcanzable por el conflicto en mi territorio. Tuve que retroceder”, recordó. Así que optó por estudiar enfermería y luego se unió al desminado humanitario, un trabajo que combina su vocación de servicio con la necesidad de proteger a las comunidades.

Un legado de servicio y esperanza

Yessica es una de las cinco mujeres que trabajan con el CDR en Tumaco, donde iniciaron labores en diciembre de 2025. Su labor no solo consiste en despejar minas, sino también en educar a las comunidades sobre los riesgos. “El sueño es saber que yo y otras personas podemos salir adelante, ver que un territorio destruido se libere de estos artefactos que no distinguen entre color, raza o animal”, comentó.

“La satisfacción y la gratitud de ver que un territorio que lo están destruyendo se libre de los artefactos que no distinguen entre color, raza, animal o persona”.

A pesar del riesgo y del peso del uniforme, que supera la mitad de su cuerpo, Yessica se levanta cada mañana en Tumaco para liderar el equipo técnico, revisar los elementos de comunicación y salir a terreno. Su historia es un ejemplo de cómo el dolor puede transformarse en una misión de vida.

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