Seguridad

El engranaje que activó patología en Medicina Legal tras la tragedia del avión militar caído en Putumayo

Luis Romero, patólogo de Medicina Legal, relata cómo se preparó el Instituto para recibir los cuerpos del avión Hércules FAC 106 caído en Putumayo, incluyendo protocolos de seguridad con rayos X y coordinación interdisciplinaria.

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Foto: La voz del país

Luis Romero recibió una llamada de un funcionario de la Aerocivil que le avisó de la caída del avión Hércules FAC 106 en Puerto Leguízamo, Putumayo, el mismo 23 de marzo. “Me llamó uno de los funcionarios de Aerocivil, quien me advertía del evento”, recuerda el patólogo del Instituto Nacional de Medicina Legal. Todavía no había llegado ningún cuerpo, ni se sabía con certeza cuántas personas iban a bordo. De esa llamada salió “información preliminar como para comenzar a hacer los preparativos y el alistamiento para la atención del evento”.

Ese alistamiento no lo hace una sola persona. Implicó activar a la dirección del Instituto, a la subdirección de servicios forenses y a los coordinadores regionales, para mover algo que todavía no existía sobre el terreno. “Coordinamos las necesidades de personal, de equipos, de estructura, de infraestructura, de espacios, de contenedores, de neveras, de disposición de los elementos y de las evidencias”, cuenta.

Una máquina de rayos X como filtro de seguridad

Una de las cosas que había que preparar era cómo se iba a tratar cada cuerpo antes de que cualquier perito lo tocara. Entre los restos de los soldados venía también su equipo, armamento y munición que se había incendiado durante el siniestro. Por eso, cada cuerpo tuvo que pasar primero por una máquina de rayos X, no como paso rutinario, sino como filtro de seguridad.

Nuestros protocolos indican que siempre, antes de iniciar, se toma una radiografía corporal total, con el fin de detectar elementos que puedan representar un riesgo para los profesionales que van a intervenir el cuerpo.

Lo que aparecía en esas placas no eran solo las fracturas típicas de un impacto. Junto a las quemaduras, las imágenes mostraban fragmentos metálicos dispersos en el tejido, esquirlas de la munición que había ardido con el resto de la aeronave. Esos elementos no se someten a estudio forense. Se devuelven a las respectivas fuerzas para que ellas decidan su disposición final.

La patología como directora de orquesta forense

La patología no se limita a examinar un cuerpo para determinar cómo murió. En un caso como el del Hércules, también es la que coordina a todas las demás disciplinas. “No es solamente médicos actuando, sino es el conjunto de profesionales en diferentes áreas”, dice.

Mientras la lofoscopia se concentra en comparar huellas dactilares contra la base de datos de la Registraduría, la patología decide cómo se aborda cada cuerpo, qué muestras se conservan y en qué orden trabaja cada especialidad, desde odontología hasta antropología. Esa decisión se toma en lo que Romero llama la reunión de apertura, donde se sientan todos los profesionales involucrados, antes de que empiece cualquier procedimiento.

Los patrones de lesiones que anticipan el reto

Para llegar a esa reunión con información suficiente, el equipo depende de lo que logren reconstruir quienes investigaron en Puerto Leguízamo. “Necesitamos contactarnos con las personas que han estado en el lugar del hecho o los responsables de investigación”, explica. Ahí está el tipo de aeronave, la cantidad de ocupantes, si el fuselaje se fragmentó, si hubo fuego o explosión.

Con esos datos, el equipo empieza a anticipar con qué se va a encontrar en la sala de necropsia, aunque la realidad casi nunca respeta un solo patrón. En un mismo accidente aéreo pueden convivir varios tipos de lesiones. Unos llegan fragmentados por el impacto. Otros, completos por fuera, pero con el golpe marcado en cada hueso. Otros están dominados por el fuego, la piel y el tejido consumidos por el calor. Y hay quienes murieron antes de que las llamas los alcanzaran, por inhalación de humo.

Eso representa uno de los grandes retos, cómo van a llegar esos cuerpos y cómo vamos a lograr la identificación.

El factor humano: apoyo emocional para el propio personal

En el Instituto, varios funcionarios tienen o han tenido familiares en las Fuerzas Militares. Eso llevó a activar, durante la atención del caso, un grupo de apoyo emocional para el propio personal. Para Romero, todo ese engranaje, patología coordinando, lofoscopia buscando huellas, odontología revisando registros dentales, genética como último recurso, tenía un solo propósito, entregarle a cada familia una identificación “sin que haya ninguna duda”.

Representa personas que trabajan por nuestro país, y dentro de nosotros hay un afecto por las fuerzas militares. Somos humanos, y vamos a sentir lo mismo que las otras personas.

La voz del país

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