El mar Muerto, ubicado entre territorios israelíes, jordanos y palestinos, atraviesa una de las mayores crisis ambientales de su historia. La reducción constante de su nivel de agua ha transformado el paisaje y encendido las alertas de científicos y ambientalistas, mientras las propuestas para detener su deterioro siguen bloqueadas por tensiones políticas, costos elevados y desacuerdos regionales.
Según informó CNN, el mar Muerto pierde cerca de 1,2 metros de agua cada año y, en las últimas cinco décadas, su superficie se ha reducido aproximadamente en un tercio. Considerado el punto más bajo del planeta, a unos 427 metros bajo el nivel del mar, este cuerpo de agua es también uno de los más salados del mundo.
El impacto en el paisaje y la seguridad
El retroceso del agua ha dejado al descubierto vastas extensiones de terreno, donde la disolución de capas de sal subterráneas ha generado miles de socavones. Estos cráteres, que pueden aparecer de forma repentina, representan un peligro para las personas y la infraestructura cercana, y son una señal visible del desequilibrio ecológico.
Soluciones estancadas por la geopolítica
Diversos proyectos de ingeniería, como el canal que conectaría el mar Rojo con el mar Muerto, han sido propuestos para bombear agua y estabilizar el nivel del lago. Sin embargo, los altos costos, las diferencias políticas entre los países ribereños y los posibles impactos ambientales han impedido su implementación. Mientras tanto, el nivel del agua sigue bajando y la ventana de oportunidad para una intervención efectiva se reduce.
El mar Muerto no solo es un ícono natural y turístico, sino un indicador sensible de cómo la actividad humana y el cambio climático pueden alterar irreversiblemente un ecosistema único en el mundo.