Entre el miedo y la esperanza por un futuro próspero, distante de un ambiente de miedo, muerte y destrucción, habitantes del Cauca salieron a las urnas a elegir al nuevo presidente de la República. Un poco más de un millón de habitantes (1.075.975) estaban habilitados para votar en un departamento azotado por la violencia.
Un operativo sin precedentes para garantizar la votación
El despliegue de la Fuerza Pública en Suárez fue amplio, con el fin de garantizar las votaciones. Desde el ingreso por el norte del departamento, en el municipio de Timba, donde estructuras como las disidencias han elevado sus drones para generar destrucción, se respiraba un ambiente de tensa tranquilidad, brindada por la gran cantidad de uniformados del Ejército, acompañados de tanquetas blindadas y vehículos fuertemente artillados.
Esa misma presencia armada conformada por cinco pelotones de refuerzo, tal como lo había anunciado el viernes el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, también se notó en otros de los municipios golpeados por la violencia, como Suárez y Buenos Aires.
La asistencia a las urnas: del temor a la masividad
La asistencia a votar en estos municipios se notaba algo tímida, sin el estropicio habitual de otras épocas, con la particularidad de la ausencia de publicidad de las diferentes campañas políticas. Con el paso de las horas, el miedo se perdió y la asistencia a las urnas aumentó de manera masiva.
Incluso en Buenos Aires, donde aún quedan los restos de la barbarie y destrucción que dejaron los explosivos de las disidencias de las Farc; un municipio donde la Alcaldía, el Banco Agrario y 15 viviendas aún están convertidas en escombros. En medio de ese panorama perturbador, sus habitantes salieron a votar.
El juego de poderes entre grupos armados y el Estado
Uno de los puntos llamativos de estas votaciones en el Cauca fue el juego de poderes entre los grupos armados ilegales y el Gobierno Nacional, representado por su Fuerza Pública. Lejos de los enfrentamientos previstos en un departamento con presencia activa de disidencias, la jornada electoral operó como un teatro de guerra simbólica.
Los 'disparos' fueron narrativos: carteles de coacción territorial y movimientos tácticos del Estado, compitiendo por el control psicológico del espacio público. Frente al despliegue castrense y policial en los corredores estratégicos del Cauca, los espacios públicos fueron colonizados por la propaganda de los grupos armados.
Por momentos, el temor de otras épocas parecía cosa del pasado para los caucanos.