Política

La fractura en el progresismo colombiano pone en jaque la continuidad del Gobierno del Cambio

Las elecciones de marzo de 2026 evidencian una democracia colombiana más competitiva y plural, pero la falta de unidad y diálogo dentro del progresismo podría entregar la victoria a la derecha, pese al buen desempeño económico y popularidad del presidente Petro.

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Foto: La voz del país

Las elecciones del 8 de marzo en Colombia confirmaron un avance notable en la calidad democrática del país, con instituciones funcionando y una participación ciudadana activa para renovar el Congreso y definir candidatos presidenciales.

Durante el actual periodo presidencial, la oposición de derecha ha anunciado repetidamente escenarios catastróficos que no se materializaron, como crisis económicas o la pérdida de la democracia, generando una narrativa alarmista sin sustento real.

Colombia ha transitado de una democracia restringida con reparto concertado del poder a una democracia competitiva y polarizada, donde fuerzas políticas antagónicas disputan el espacio público y político con mayor intensidad y pluralidad.

Este fortalecimiento democrático se refleja en la visibilidad y protagonismo de nuevas ciudadanías étnicas, raizales y diversas, que ahora ocupan espacios antes reservados para las élites tradicionales, lo que ha generado debates públicos más ásperos.

El escenario electoral para las presidenciales de mayo es incierto. Aunque el Pacto Histórico logró una votación histórica y mantiene una bancada importante en el Congreso, el equilibrio de fuerzas obliga a buscar coaliciones para aprobar iniciativas legislativas.

Los indicadores económicos acompañan esta coyuntura: crecimiento del 2,6% en 2025, reducción de la inflación al 5,10%, desempleo en su nivel más bajo del siglo, aumento del salario real y una baja inédita en el precio de la gasolina, lo que parecía asegurar el triunfo progresista.

Sin embargo, la estrategia política del Gobierno del Cambio 2.0 se ha visto truncada por una profunda crisis interna. La exclusión del candidato Iván Cepeda de la consulta popular del 8 de marzo por parte del Consejo Nacional Electoral, y la posterior prohibición del Pacto Histórico de participar en dicha consulta, fracturaron la unidad progresista.

Pese a la orden presidencial, varios partidos progresistas presentaron candidatos en la consulta del Frente Amplio por la Vida, pero la intolerancia y el sectarismo provocaron una campaña desde el Pacto Histórico para boicotear esta iniciativa, debilitando al propio progresismo.

Este desencuentro interno ha llevado a una situación paradójica: una derecha fragmentada, pero con una candidata como Paloma Valencia en primer lugar en las preferencias, mientras el progresismo, con un presidente popular y un gobierno económicamente sólido, se acerca a una derrota inesperada.

La incapacidad de dialogar y unificar al progresismo es la raíz del dilema actual, y no la popularidad del presidente Petro ni el desempeño económico.

El futuro político de Colombia dependerá de la capacidad del progresismo para superar sus divisiones y construir una coalición amplia que garantice la continuidad del proceso de cambios sociales y económicos iniciados en este gobierno.

La voz del país

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