Cada Viernes Santo, el municipio de Santo Tomás, en el Atlántico, se convierte en el escenario de una de las expresiones religiosas más singulares y polémicas del Caribe colombiano: la penitencia pública. Hombres y mujeres recorren varios kilómetros realizando mandas que cumplen en agradecimiento a favores que atribuyen a la intervención divina.
Esta tradición, que tiene más de dos siglos de antigüedad, implica sacrificios corporales que incluyen autolesiones hasta sangrarse, acompañados por personas que les aplican alcohol para mitigar el dolor y prevenir infecciones. Aunque la Iglesia Católica no promueve ni acompaña oficialmente esta práctica, tampoco existe una prohibición formal para impedirla.
Jairo Ovalle cumplió siete años de penitencia porque su tía mejoró tras una grave enfermedad. Suspendió su promesa, pero cuando la salud de su tía empeoró, retomó la penitencia como muestra de fe y esperanza.
La tradición despierta un intenso debate entre creyentes, autoridades religiosas y la comunidad en general, que la ven como una manifestación profunda de fe, pero también como un acto controversial por el sacrificio corporal que implica.
A pesar de la controversia, la penitencia pública en Santo Tomás sigue siendo un ritual vivo que refleja la devoción y el compromiso espiritual de quienes la practican, manteniendo una conexión histórica con las raíces religiosas del Caribe colombiano.