Bogotá no es una sola ciudad. Aunque comparte un mismo sistema de transporte, una misma administración y un mismo mapa, la forma en la que sus habitantes viven, sienten y entienden la ciudad cambia drásticamente según la localidad en la que habiten. Así lo evidencian algunos de los resultados de la Encuesta Mundial de Valores (EMV), que retratan una capital marcada por profundas diferencias sociales, culturales y hasta emocionales.
Los datos muestran que Bogotá se aleja cada vez más del promedio colombiano en temas relacionados con secularización, autoexpresión y apertura cultural. De hecho, la capital aparece más cercana a ciudades como Ciudad de México o Buenos Aires que al promedio nacional. Sin embargo, detrás de esa imagen de ciudad moderna y abierta también aparece una Bogotá profundamente fragmentada.
Felicidad: un privilegio de localidad
Uno de los hallazgos más reveladores tiene que ver con la felicidad. Aunque el 87 % de los bogotanos asegura sentirse “muy feliz” o “bastante feliz”, la percepción cambia radicalmente dependiendo de la localidad. En Chapinero, por ejemplo, el 96 % de las personas afirma sentirse feliz, mientras que en Ciudad Bolívar la cifra cae al 76 %. La diferencia significa que en Chapinero solo una de cada 25 personas asegura no ser feliz, mientras que en Ciudad Bolívar la proporción es de una de cada cuatro.
Religión y ateísmo: un abismo de 23 puntos
Las diferencias también se reflejan en la relación con la religión. Mientras en Chapinero el 48 % considera que la religión es importante en su vida, en localidades como San Cristóbal y Ciudad Bolívar esa percepción alcanza el 71 %. Son 23 puntos de diferencia entre sectores de una misma ciudad. La encuesta también evidencia cambios acelerados en las creencias religiosas de la capital. En solo seis años, el número de personas que se declaran ateas en Bogotá se cuadruplicó.
Teusaquillo aparece como una de las localidades donde más se refleja este fenómeno: allí el 12 % de los habitantes se declara ateo. En Ciudad Bolívar, en cambio, la cifra es prácticamente inexistente. Las diferencias también atraviesan las clases sociales. En los estratos altos, el 12 % de las personas se declara atea, mientras que en los sectores de menores ingresos la cifra apenas llega al 3,5 %.
Democracia y gobierno militar: visiones opuestas
Otro de los contrastes más fuertes aparece alrededor de la democracia. En Teusaquillo, el 95 % de las personas considera que un sistema democrático es la mejor forma de gobierno. En Ciudad Bolívar el respaldo baja al 77 %. Al mismo tiempo, el apoyo a un eventual gobierno militar resulta más alto en sectores periféricos. En Usme, el 29 % respaldaría esa opción, mientras que en Chapinero la cifra es del 12 %.
Confianza social: de 1 de cada 6 a 1 de cada 83
Pero quizá uno de los indicadores más críticos tiene que ver con la confianza entre ciudadanos. Teusaquillo es la única localidad que se acerca a niveles de confianza social similares a los europeos: allí el 19 % de las personas asegura confiar en los demás. En Usme la cifra cae al 1 %. En La Candelaria y Ciudad Bolívar apenas alcanza el 3 %. La diferencia es tan grande que la encuesta la resume en una frase contundente: “1 de cada 6 personas en Teusaquillo confía en los demás. En Usme, 1 de cada 83”.
Los resultados muestran que una de las principales deudas de la ciudad no pasa únicamente por la confianza en las instituciones, sino por la relación cotidiana entre vecinos y ciudadanos.
Tolerancia en aumento, pero con matices
La encuesta también revela una Bogotá cada vez más abierta frente a la diversidad. Los indicadores de tolerancia muestran cambios importantes en los últimos años. El porcentaje de personas que asegura no querer a un homosexual como vecino pasó del 31 % al 13 %. En el caso de quienes rechazan tener como vecino a alguien de otra raza, la cifra cayó del 17 % al 3 %. Aunque el rechazo hacia los inmigrantes sigue presente, también mostró una reducción: pasó del 19 % al 15 %.
Los datos retratan una ciudad que avanza en apertura cultural y diversidad, pero que sigue marcada por enormes diferencias internas. Una capital donde la felicidad, la confianza y hasta la forma de entender la democracia parecen depender, en buena medida, del lugar donde se viva.