Soy golosa. Lo he sido toda la vida. Me gusta comer, cocinar, probar, descubrir sabores y sentarme a la mesa sin mirar el reloj. Desayuno y pienso en el almuerzo. Almuerzo y me pregunto qué habrá para la cena. La comida ha sido una de mis grandes fuentes de placer y también es la materia prima de mi trabajo.
Sin embargo, vivir rodeada de ella tiene consecuencias. La gastronomía ocupa buena parte de mis días: la cocino, la estudio, la pruebo y escribo sobre ella. Mi trabajo me lleva a visitar restaurantes y a conversar constantemente sobre ingredientes, productores y preparaciones. En ese contexto, resulta difícil ignorar la culpa que aparece cuando esa pasión convive con una genética poco generosa y con una edad en la que el peso, como la inflación, parece subir con más facilidad de la que baja. Por más que se hable de aceptación y amor propio, sería ingenuo decir que eso no termina afectándome.
Elijo un país bueno, limpio y justo / El Condimentario